La primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, firmada el 15 de mayo de 2026 y publicada el 25 del mismo mes, no es un mero documento de circunstancia. Es, ante todo, una carta de navegación para una humanidad que, una vez más, se encuentra ante la encrucijada de levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y el hombre habitan juntos. El Papa, licenciado en Matemáticas, no se limita a una advertencia pastoral: interpela con la lucidez de quien conoce desde dentro el lenguaje de los algoritmos y la arquitectura de los sistemas digitales. Su diagnóstico es severo, pero nunca desesperanzado; su propuesta, exigente, pero nada ingenua. León XIV sitúa su reflexión en continuidad con la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, desde “Rerum Novarum” (1891) hasta “Laudato Si” (2015). Sin embargo, advierte que la inteligencia artificial no es un apéndice temático, sino una transformación que interpela desde dentro las categorías del magisterio social. No se trata de una «modernización» más, sino de un cambio de época en el que las tecnologías no esperan órdenes políticas: organizan previamente el escenario en que creemos decidir libremente. El Pontífice describe con precisión quirúrgica un nuevo esquema mundial en el que «quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas». Pequeños grupos muy influyentes pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia social y la solidaridad entre los pueblos. Esta no es retórica apocalíptica: es la constatación de que el poder tecnológico ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ambiente en el que estamos inmersos.
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